viernes, 27 de septiembre de 2019

SECO ESTRÉS




A pesar de que las encinas (Quercus ilex ballota) son árboles mediterráneos preparados para soportar el estrés hídrico del verano, cuando necesitan más agua que la disponible. 

A pesar de que sus hojas, pequeñas y redondeadas, reducen al mínimo la relación superficie-volumen contribuyendo a rebajar su pérdida de humedad por evapotranspiración.


A pesar de que esas hojas incluyen un tejido muy resistente y poco permeable (esclerénquima) que evita su sobrecalentamiento y la pérdida de agua por ningún sitio que no sean sus poros o estomas.

A pesar de que las encinas controlan esos poros cerrándolos ante un exceso de sequedad y altas temperaturas.


A pesar de que la cara inferior de sus hojas está cubierta de pelillos aislantes del calor y la irradiación solar.

A pesar de todo eso, algunas encinas no han podido más y sus copas perennes se han secado este agosto de 2019. 
Los efectos se ven desde el ferrocarril que atraviesa la rampa serrana de la Sierra de Guadarrama, entre Torrelodones, Galapagar y Collado Villalba.

DATOS de COLLADO VILLALBA 2019

Estas imágenes de encinas secas y que han perdido su producción de bellotas corresponden al 30 de agosto y 26 de septiembre de 2019 en Collado Villalba, municipio cuya precipitación media de marzo a septiembre es de 229 l/m2. Este año: 131,2 l/m2. La temperatura media de marzo a septiembre es de 16,25º C. Este año: 17,77º C 
Hace 10 años observé en la zona un suceso similar.


CONCLUSIONES

En años muy secos un aumento de 1,5º C sobre el promedio de temperaturas de primavera-verano marchita las encinas arraigadas en suelos muy drenados sobre laderas soleadas. Ese aumento de 1,5º C se alcanzará de modo permanente entre 2030 y 2052 si persisten las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero al ritmo actual…y es posible que las encinas desaparezcan de algunos enclaves guadarrameños.


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sábado, 16 de febrero de 2019

Esperando a la cigüeña (4)

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LA EMANCIPACIÓN
Amaneció el 23 de julio con los dos padres posados cada uno en un cedro. Se marchó uno de ellos y a eso de las 10 h descubrí a uno de los pollos posado en un tejado frente a mi casa tras realizar su vuelo inicial. Se acicaló el plumaje y caminó por primera vez encima de una cubierta de pizarra. Su hermano aguantaba posado en el nido y el progenitor que quedó observaba desde su cedro.

En menos de una hora regresó el pollo volandero al nido. Ya no permanecía ningún padre en ningún cedro, aunque poco después regresó uno de ellos para alimentar a ambos pollos en el nido. El pollo que había volado repitió varias veces ese día planeando con maestría y sabiendo aterrizar. De noche los hermanos durmieron en el nido, uno estuvo practicando con las alas elevándose y descendiendo en el propio nido. A cierta distancia los acompañó un progenitor sobre un cedro.



Sobre las 7,40 h de la mañana siguiente el pollo volandero había aterrizado ya en otro tejado, en esta ocasión más lejos. Finalmente se marchó de la zona con su progenitor, es posible que en busca de comida. El hermano no volandero quedó de pie en el nido casi todo el día solo. Al atardecer se reencontraron los hermanos y pasaron la noche juntos.





Antes del amanecer, el 25 de julio de 2018 los pollos practicaron su ejercicio de vuelo vertical elevándose menos de 1 m sobre el nido. Alrededor de las 9,30 h aprovecharon el caldeo del aire y, esta vez, ambos se echaron a volar. Describieron varios círculos de planeo en su territorio demostrando excelentes dotes para el vuelo, luego volvieron al nido y volaron de nuevo en varias ocasiones hasta abandonar definitivamente su hogar.


A las 11,30 h uno de los padres se plantó en el nido…pero sus hijos ya no estaban. Por la noche sólo se perfilaba la silueta del progenitor en el nido, donde se mantuvo hasta las 6,40 h del día siguiente, entonces batió las alas y se fue.

No hubo más observaciones de esta familia de cigüeñas…quedó su nido vacío, visitado por los estorninos como efímeros ocupas.



Seis meses después, el 25 de enero de 2018, se volvió a dibujar sobre el nido la silueta nocturna de una cigüeña, trece días después la pareja ya duerme en el nido dispuestos a reiniciar el ciclo.



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martes, 29 de enero de 2019

Esperando a la cigüeña (3)

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LA CRIANZA

El 23 de mayo de 2018 fue un día importante. Con prismáticos contemplé cómo sobresalían del nido las pequeñas cabezas de 2 ó 3 cigoñinos. De cuando en cuando, el progenitor que estuviera incubando se levantaba para picotear algo en el interior del nido y tragarlo o arrojarlo al exterior (tal vez excrementos de las crías o restos de los cascarones).



Al día siguiente por la tarde conseguí distinguir la cabeza de una cría que abría el pico para reclamar comida, su progenitor le introdujo el pico con el alimento. A partir de aquí comprobé que siempre permanecía al menos un adulto en el nido y que en sus turnos los progenitores iban acortando el tiempo que pasaban tumbados sobre los pollos, a cambio de más tiempo de pie junto a ellos.




Finalizando mayo constaté con certeza la existencia de dos pollos de plumón claro que asomaban las cabezas sobre el nido, estirando su cuello resueltamente pedían comida al adulto que los acompañase. Por entonces los padres apenas se echaban sobre las crías, solo si llovía o durante la noche. Siempre permanecía uno de ellos en el nido, muy quieto, como vigilando y protegiendo a los pequeños. No fue difícil adivinar los riesgos a que estaban expuestos, en diversas ocasiones voló a baja altura un milano negro (Milvus migrans). Soslayado ese peligro los cigoñinos crecieron rápido, comían más cantidad y sus cebas duraban más tiempo.



El 5 de junio a las 7,30 h de la mañana se efectuó el relevo de los progenitores en el nido, de inmediato se fue volando el adulto que había permanecido en el nido. El recién llegado regurgitó alimento sobre la zona central del nido, donde se hallaban los pollos que se abalanzaron sobre la comida. El adulto también tomó algo de lo regurgitado, luego limpió el nido lanzando fragmentos al exterior, uno de ellos era césped del tapizado. La escena matinal del relevo de los padres y el desayuno de los cigoñinos se repitió en sucesivas jornadas.



La jornada del 8 de junio fue lluviosa a intervalos, el adulto no se posó sobre los pollos sino que permaneció de pie a su lado y así recibieron menos lluvia. A partir del día siguiente observé que los padres dejaban solos a los pollos, progresivamente durante más tiempo. Ese día, al menos tres horas.



El 10 de junio vi a uno de los pollos, puesto en pie, agitando sus alas aún con plumas incipientes. El 12 fue un día de viento que movió las ramas de los árboles. Los cigoñinos pasaron parte de la jornada tumbados junto con uno de sus padres, lo que añadió estabilidad al nido.


Mediado junio los pollos estaban muy crecidos, cubiertos ya de plumas y con franjas negras. De vez en cuando se levantaba alguno y movía las alas. El 24 de ese mes apretó el calor, un adulto permanecía en el nido dando sombra a los cigoñinos y a veces se tumbaba junto a ellos. Todos mantenían el pico abierto para facilitar la pérdida de calor corporal y orientaban su posición quedando de espaldas al sol.



Al comenzar la segunda semana de julio los pollos se iban quedando más solitarios, uno de ellos se afanaba en aletear hasta elevarse unos centímetros sobre el nido, repetía la operación varias veces seguidas, fortalecía así los músculos de las alas. Los padres solo acudían al nido para llevar alimento, pocas veces al día, se posaban encima de cedros cercanos donde también pasaban la noche.



El 18 de julio los padres desaparecieron de la zona, no regresaron ni a dormir. Los pollos tuvieron que aguantar sin la ceba del atardecer. A la mañana siguiente seguían solos y en ayunas. Aunque los padres no acudieron ni a dormir en los cedros, los pollos estaban tranquilos. Pero al iniciar su tercera jornada en solitario los pollos se mostraron inquietos intentando buscar restos de comida en el nido. Regresaron por fin los progenitores trayéndoles alimento dos veces en la mañana. Por la tarde uno de los padres se posó en un cedro próximo y pasó allí la noche. En las dos jornadas sucesivas volvieron los padres a posarse en el ápice de los cedros, siempre manteniendo contacto visual con el nido. No tuve constancia de que alimentaran a su progenie.





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